A la re mi[e]rda, a seis cuadras de donde estaba el auto, yo estaba con un auto encerrado (el escort) y con otro chocado (el galaxy) y en Moreno. Mi hermano no pudo soportar la situación, se quebró mal y no podía ni moverse de donde estaba. Claro, hay que considerar que en esa epoca mi hermano tenía una tremenda mala fama con respecto a su conducir (había chocado con diferentes niveles de criticidad todos los autos de mi casa, ninguno grave, pero los había chocado).
Por suerte nadie salió lastimado, el galaxy tenía un importante bollo en su lado derecho y ambas puertas de ese lado no habrían.
El remisero! El remisero era un pobre tipo que no podía parar de temblar, se ve que habría estado distraido, el auto no era suyo, o mirando para otro lado, porque venía a 2 por hora, nosotros también y aún así nos había estrolado en el medio del auto. Se ve que la agencia estaría cerca porque no paraba de hacerle señas a otros remiseros que pasaban.
Bueno, intercambiamos los datos de seguro, cédula verde, registro de conducir y seguimos viaje. César no podía parar de llorar sabiendo que mi viejo lo mataba, Virna muda y yo manejando cual viejo en Domingo para tratar de salvar algo de la situación y no empeorarla más.
Llegamos al estacionamiento, noche cerrada, pocas luces y en el medio de un predio casi campestre de Moreno (que no se destaca por ser un barrio/partido muy seguro).
Rejas, alambrado, el auto seguía adentro, solo como kung-fu y todo cerrado. Nadie a la vista.
– Ay! mamá-pulpa diría
No te puedo creer, no hay nadie, bueno… toco bocina, quizás alguien haya. De hecho, recordaba haber preguntado si iba a haber alguien y me dijeron que sí.
Piiip-pip, piiiiiiiiiiiiiiiiiiip, piiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiip (ya me empezaba a sacar un poco) y aparece un kia, todo vestido de verde militar, con gorra y todo, no sé si tenía un arma, pero era de esos que se nota que les faltan 4 de los 11 jugadores.
A las puteadas, pará! flaco, que se me vienen todos los negros (un poco facho como verás), afloja con la bocina.
– ¿Es tuyo el auto?
– Sí
Y me abrió la reja.
Ok, llave en mano, saco la alarma primero, meto la llave en la cerradura y mmmhhhhh… no anda, mmhhhhh… no puede ser! NO-PUEDE-SER!!!!! (*&#&!@%!%!@*&@*&)
Resulta que este Escort no había sido el único Escort que había pasado por las manos de mi familia, antes habían tenido otro que al venderlo compraron el actual. Y se ve que esa llave (que nunca nadie usaba y estaba ahí en el llavero de llaves que no se usan nunca) era de ese Escort y no el que yo pretendía abrir.
– Estamo’ en el horno, calsinados y por convertirnos en ceniza. Hay que llamar a casa.
A esta altura nos habíamos traido un celular de mi vieja para llamar “por cualquier cosa”, si bien esto no era “cualquier cosa” era para lo que lo habíamos traido.
En fin… ring-ring (llamo yo), atiende mi viejo y sin decir hola, pregunta “¿QUÉ PASÓ?” Sí, así, a los gritos.
No tiene sentido escribir la recontra larga puteada y miles de cosas que me dijo, porque —además— lo enterré en mi mente con la esperanza de no recordarlas. Lo que sí me acuerdo fue el “¡Pasame con tu hermano!”. Y claro, a César también le dio para que tenga.
Finalmente un “¡¡traigan los dos autos, no sé cómo, pero los traen!!” también quedo bien registradito en mi memoria.
Yo entre todas las cosas que había hecho para zafar de la situación ese día, había estado rastreando al pibe que tenía efectivamente las únicas llaves que funcionaban en ese auto y finalmente había conseguido el número de su casa, dejado mensaje con su vieja, y el flaco (un gaucho realmente) se había ido de Munro a Belgrano a dejarme las llaves ahí. Así que (una buena!) las llaves estaban en casa o llegando.
Así que volvimos para Capital, con un solo auto y chocado.
Cuando llegamos a casa…