En 1979, el Premio Nobel de Literatura alemán, Heinrich Böll inauguró la Biblioteca Central de Colonia, con unas palabras que, si les sacamos las referencias temporales y personales, bien podrían ser repetidas hoy ante los peligros inminentes al trabajo de las bibliotecas y el derecho a leer. Quiten las referencias anuales, abstraigan los nombres, retiren las referencias a personas de la época, y disfruten la actualidad de estos párrafos.

Cito aquí el texto incluido en “Leer nos Hace Rebeldes” (libro completo en .pdf) Ediciones Fundación Heinrich Böll.

Señor presidente del Land Renania del Norte-Westfalia, señor alcalde mayor,querido señor Nestler, señor Tümmers, querida Jutta Bohnke:
Bibliotecas siempre las ha habido desde que los seres humanos supieron escribir o expresar sus pensamientos, posiblemente en piedra. Eran en su mayoría lugares de información para gente privilegiada, como esa biblioteca del Senado que acaba de mencionar el Sr. presidente Rau. Bibliotecas de príncipes, de conventos, científicas…, nada de eso es nuevo; la biblioteca pública, la biblioteca popular como esta que hoy se inaugura aquí, corregida y aumentada, es muy joven. Muy joven, sorprendentemente joven si se piensa desde cuándo escribe y publica la humanidad. Las primeras bibliotecas de esta clase surgieron alrededor de mediados del siglo pasado. Surgieron a partir de meditaciones de chiflados, de lunáticos. Son el resultado de las ideas revolucionarias de los literatos de café, teóricos cualesquiera, hoy se diría intelectuales de izquierda que luego se aliaron con una burguesía ilustrada y liberal en temas como círculos de instrucción, sociedades de lectura, llegando finalmente a la biblioteca pública, un laborioso camino por cierto, que está bastante estrechamente vinculado con la evolución del movimiento obrero alemán. No queremos olvidarlo cuando inauguramos hoy aquí una biblioteca grande, magnífica y reluciente. Los políticos dependen de números, cifras, estadísticas. Sólo quisiera llamar la atención sobre el hecho de que un lector es posiblemente más importante que toda una larga lista de nombres. Y quisiera llamar la atención acerca de que las bibliotecas son santuarios, espacios de libertad, y que a nadie, excepto al bibliotecario que tiene que prestar el libro, le debe interesar quién lee qué en ellas.Y es así que espero que en esta biblioteca, sin ser observado por otros, alguien pueda leer también –ojalá– a Rosa Luxemburgo, sin que ello quede registrado en otro lugar que la propia biblioteca.

He oído, Sr. Tümmers, que existen cacharros con los que se puede controlar si alguien ha robado un libro, ¿verdad? Quizás procure usted estimular a un
físico, a un técnico, para que invente un aparato con el que se pueda comprobar si alguien controla a un lector.
Alguien que quiera saber quién ha leído qué. Podría ser posible. Los políticos diligentes, enérgicos, activos –le ruego que no se sienta ofendido, Sr.
Rau–, sonríen la mayoría de las veces con algún desprecio ante lo que ellos llaman sabiduría libresca: usted, con absoluta certeza, no. Olvidan que cuando
suben a un avión, enérgicos y ávidos de gloria, en ese hecho se esconde cualquier cantidad de sabiduría libresca. Incluso en un auto, o en el más insig-
nificante de los discursos que pronuncian, se esconde mucha sabiduría libresca. Si pienso en un lector, me acuerdo de un cierto Vladimir Ilich Ulianof, que
también se llamaba Lenin, el cual leía e investigaba a diario, con regularidad, en la biblioteca municipal de Zúrich, como Solzhenitsin ha descrito persuasivamente. Las personas que lo hayan observado allí lo han tomado probablemente por un ruso loco, bastante cómico. Lo que es posible que hasta de algunamanera sí lo fuese. Y pienso en otro muy intensivo lector de bibliotecas, un alemán singular, ciertamente tomado por muy cómico, que se llamaba Carlos
Marx y estudiaba en la biblioteca nacional en Londres. Y cuando pienso en los dos, me acuerdo de otro que se llamó Adolf Hitler, del que no puedo imaginar-
me que haya pasado una sola hora investigando intensivamente en una biblioteca. Se sabe algo acerca de sus lecturas. Tres, cuatro, cinco, seis libros, y
una historia ilustrada del Imperio Alemán, según creo. Y cuando contrasto entre sí esa calidad de la lectura, me queda claro que el socialismo, a pesar de
todos los horrores cometidos en su nombre, a pesar de todos los desarrollos defectuosos que ha adoptado, todavía hoy, todavía luego y probablemente
para siempre, tendrá mucho más poder de atracción que las sanguinarias vulgaridades del nazismo, al que me niego a llamar fascismo porque ello sería
una minimización.

Tampoco es casualidad que allí donde el socialismo se adopta voluntariamente o es implantado por la fuerza, en primer lugar se combate al analfabe-
tismo, esto es: se crean lectores. Las cosas no les salen bien nunca a quienes convierten en lectores a los lectores. Los lectores no son los ciudadanos
más obedientes: los escritores desde luego que no. Y sin embargo es lo primero que hacen esas personas. Para la indígena de Colombia o de Bolivia
no se necesita ninguna censura porque no sabe leer. Para el ciudadano lector que se vuelve rebelde, menos obediente (no puedo llegar hasta el final de
este problema aquí, solamente lo señalo), la lectura es lo primero que se aprende en un Estado semejante. Pueblos sedientos de lectura, a pesar de
todo, se forman allí. En cuanto que autor quisiera señalar que un libro, en una biblioteca, experimenta una nueva publicación. Se lo sustrae del mercado,
adquiriéndolo la mano pública para ponerlo a disposición del público. También,

y por encima de todo, se lo libera del mercado: ya el Sr. Rau ha hecho alusión a las turbulencias que ahí dominan. Alguno de ellos terminará cubierto de
polvo, pero un libro polvoriento sigue siendo un libro, se le puede sacudir el polvo y un día llegará esta u otra persona que lo leerá.
A los políticos y a los responsables que dependen de estadísticas y de cuotas de audiencia no puedo consolarlos con esto, pero haré una compara-
ción con los visitantes de un museo. En los museos se exponen objetos mucho más costosos que en una biblioteca. Pero tiene que haber algún visitante de museo para quien la institución del mismo sea más importante que para los restantes miles o millones que lo visitan. Por favor no olviden a ese
visitante a quien no conocemos, a quien nadie conoce. Nadie sabe a cuánto mueve la lectura, sencillamente no lo sabemos. Y si les he puesto los ejem-
plos de Lenin y de Marx, esos dos afanosos usuarios de biblioteca, no se trató de una amenaza sino de un consuelo.

Aprovecho la oportunidad para dar las gracias a la ciudad de Colonia, sobre todo en la persona de su anterior delegado de cultura, el Sr. Hacken-
berg, y también al gobierno del Land, aquí presente en la persona de su presidente, el Sr. Rau, que entonces era ministro de Ciencias; gracias por su deci-
dido apoyo a una iniciativa ciudadana fundada por algunos colonienses –el principal impulsor fue Karl Keller, también aquí presente–: me refiero a la ya
mencionada Germania Judaica, biblioteca de la historia del judaísmo alemán. Hace veinte años no se la llamaría aún „una iniciativa ciudadana“, pero lo era.
Y esa biblioteca se incorporará con fecha de hoy a la biblioteca municipal. También se podría decir que será anexionada por ella, lo que no suena tan
amistoso, y yo mismo uso esa palabra con un cierto pesar.

Como cofundador y durante muchos años presidente de la asociación que fue necesaria para ello, quiero también dar las gracias a la burocracia. Ya sé
que no es popular, porque se ha puesto de moda hablar mal de la burocracia y los burócratas, también esta es una problemática que no puedo tratar aquí
exhaustivamente. Naturalmente que hay cosas que se pueden decir en contra, pero también algunas a favor, porque prefiero ver respetados mis posibles
derechos y pretensiones dentro de una burocracia, a estar dependiendo del favor de un señor o de un déspota. Hasta un cierto grado, el progreso y la
burocracia están relacionados, hay que establecer las fronteras, y justamente la burocracia, personificada en los señores Hackenberg y Rau, salvó la iniciativa Germania Judaica. Un instrumento muy importante a través del cual se hubiera ya podido saber todo sobre el holocausto antes de que el sensaciona-
lismo del cine lo haya hecho realmente actual. De manera muy especial quiero agradecer en esta oportunidad a la sra. Dr. Jutta Bohnke–Kollwitz, y a sus
colaboradores, que a lo largo de veinte años de duro trabajo, y pese a sospechosos obstáculos (obstáculos que tienen que ver con la esquizofrenia que la
opinión pública padece en este tema, el de la historia de nuestros conciudadanos judíos), han conseguido mantener esta biblioteca, salvarla por medio de
tratativas, también de peleas, haberla convertido realmente en un instrumento útil, que hoy será anexionado por la biblioteca municipal y en la que con su
cuantioso material estará a disposición de cualquier ciudadano que se quiera informar: escolares, estudiantes, periodistas.

Mucha ayuda no es la que hemos recibido de los medios en el establecimiento de esta biblioteca: un notable desinterés. Por ello mi agradecimiento a
los burócratas que verdaderamente nos han ayudado y que han salvado este instrumento. Asimismo me alegro mucho de que mi archivo esté también
incorporado a ella, no sé de qué servirá o para qué puede servir, sólo espero que los materiales, los materiales de trabajo de un autor ya no tan joven,
quizás induzcan a la ciudad de Colonia –hay señales de que así puede ser– a preocuparse más intensamente por los autores más jóvenes.

Para concluir quisiera todavía decirles, Sr. Tümmers, querida Jutta Bohnke, que cuando he subrayado aquí lo de uno, dos, o incluso tres o cuatro lectores, eso no significa que no les desee que sean muchos. Les deseo más que muchos, y espero que entre esos más que muchos se encuentre uno u otro
que justifique toda una biblioteca. Muchas gracias.